Recuerdo de tus ronroneos de capitana pirata

Venía silbando bajito, pateando piedras y esquivando
las líneas de las baldosas, y me acordé de vos, ahí estabas,
escondida en una esquina, abajo de una piedra.
A veces te recuerdo.
Recuerdo tardes de sentarnos en los alféizares
de los locales, hablando por horas que se hacían demasiado cortas,
demasiado rápidas, como si algún ser resentido
(“el mal que siempre existió”) apurara las manecillas del reloj.
Recuerdo el banco de la plaza, ese que tenía sueños de banco mediocre,
y que vos, a pesar de él, abordaste con fiereza y convertiste en banco especial.
Recuerdo descubrimientos propios y ajenos, sensaciones nuevas,
ganas compartidas con ganas.
Recuerdo cruzarme en serio con el extrañarte,
batallarlo con toda la fuerza de mi orgullo,
y caer rendido igual, de rodillas, entregado.
Recuerdo esas nubes con caras, que encontrábamos de reojo,
caras que nos miraban con envidia.
Recuerdo tu cara, con tus ojos, y tu lunar.
Recuerdo lo bien que calzaba tu oreja en mi hombro,
como perfectas piezas de un rompecabezas, y tu ronroneo, leve, tranquilo,
hermoso, mientras veíamos la vida pasar desde la simple comodidad del piso.
Quizás me robaste un par de mariposas de la panza.
Quizás un poco de tu veneno quedó en mí sangre, en mi cuerpo, en mi mente.
Quizás quedó algo pendiente entre nosotros.
Quizás sos solo un recuerdo.


Sam L'Curca

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